Cambiar la narrativa de la vejez (3/3)

Vejez y productividad

Siguiendo con la serie de artículos relacionados con la narrativa de la vejez (aquello que nos han contado y que nos hemos creído), hoy toca hablar de la segunda gran componente: La productividad.

En los dos artículos anteriores hemos visto que, en el discurso actual, la vejez es vista como un gran problema a resolver y se relaciona a “los viejos” con falta de vitalidad y con la locura, desde la perspectiva de la salud
Hoy veremos el estigma que asocia a “los viejos” con una baja productividad, o, aún peor, a ser un lastre económico para las sociedades y los gobiernos.

El resumen de lo que veremos hoy:

Los mayores han pasado a ser beneficiarios de la caridad a través de los “asilos de ancianos”, a comenzar a percibir unas primeras pensiones, (destinadas sobre todo a veteranos de guerra) que poco a poco se fueron ampliando a otros sectores, más adelante surgen los planes de pensiones privados y promovidos por las empresas y finalmente entra en juego el negocio de los seguros que es cuando se logra al fin positivizar un poco la etapa de retiro, pero a su vez, se banaliza el rol y la aportación que los mayores tienen a la sociedad.

Podemos destacar cuatro momentos decisivos:

  • 1875 creación de la “jubilación”
  • 1885 Revolución Industrial
  • 1929 Gran Depresión
  • 1960 surgimiento de “los años dorados”.

Nacimiento de la jubilación:

Antes del surgimiento de los programas de pensiones, a la gente no le interesaba dejar de trabajar porque esto llevaba acarreado una menor fuente de ingresos y la pérdida de la posición social, así que, por el contrario, el retirarse de la vida laboral era algo que se retrasaba todo lo posible.

Pero, a partir de las primeras iniciativas, tanto en América como en Europa, la gente comienza a plantearse la idea y la posibilidad de retirarse, sobre todo entre trabajadores manuales, que eran quienes más sufrían físicamente el avance de los años.

En el caso de USA, después de la guerra de Secesión, nace el concepto de pensión al veterano de guerra. Esta pensión, originalmente era solo para los soldados del norte y estaba atada a una revisión médica que establecía un grado de discapacidad. Poco a poco, se fueron incorporando nuevos gremios a este derecho y se deja de vincular a la revisión médica. Al llegar a cierta edad, se comenzaba a percibir esta “ayuda”, sin más.

Otro hito importante dentro del continente europeo es en el año 1875 cuando Otto Von Bismark instaura el sistema de pensiones. Detrás de esta medida hay diversos motivos políticos en los que no vamos a profundizar. Se cree que fijar los 65 años como edad mínima para comenzar a recibir esta prestación se debió a que esa era la edad que tenía Bismark cuando institucionalizó la prestación.

A partir de finales de 1800 se empieza a generalizar la idea de retirarse y asumir esta situación como una nueva etapa de la vida.

Podemos decir que aquí surge un antes y un después en la forma de enfrentar la vida laboral.

Revolución Industrial y el Taylorismo:

La irrupción de la Revolución Industrial hacia el año 1885 no hace más que incrementar la necesidad de “deshacerse” de la gente mayor de las empresas. Junto con la revolución industrial, aparecen conceptos como accionistas, rentabilidad a corto plazo, nivel de producción, eficiencia, etc. Os suenan, ¿verdad?

Se agrega al coctel la introducción de la jornada laboral de 8 horas y la inversión que hicieron muchas empresas en introducir nuevas máquinas. Es el nacimiento del Taylorismo.

Rápidamente se alimenta la idea de que los empleados de mayor edad no estaban a la altura de estos cambios y se los relaciona directamente con la baja productividad.

Las empresas comienzan a deshacerse de los empleados más viejos, quieran estos o no. Retirarse ya no es un acto voluntario o ganado, sino una obligación.

La edad se convierte en el caballito de batalla para los defensores de la eficiencia.

Un agravante adicional era que, frente a la opción de buscar otro trabajo, estos empleados competían con una generación de gente más joven que tenían niveles de estudios más altos. La edad y la falta de formación los expulsaba del sistema, así que se veían arrastrados sí o sí a un retiro.

Es cierto que algunas grandes empresas se dan cuenta de esta situación y algunas desarrollan planes de pensiones propios, más que nada, para resolver un factor ético que les dejara relativamente tranquilos.

Para principio de siglo XX, independientemente de cuál fuera la situación financiera o el estado de salud de una persona mayor de 65 años, solo tenía una opción posible: Retirarse…

Trabajar todo lo posible pasa de ser lo típico a lo anormal.

La Gran Depresión

Luego de la gran depresión, surge la Seguridad Social en Estados Unidos.

Ante la gran escasez de puestos de trabajo, los 40 años (si 40) se convierten en la edad límite para poder acceder a un trabajo. La escasez de puestos de trabajo, sumado a la creencia de que los empleados de más edad no eran eficientes hacen que, una vez más, la edad se convierte en caballito de batalla para expulsar a los mayores del mercado laboral.

Podríamos decir que este es el nacimiento del edadismo, lacra discriminatoria que, lamentablemente, nos sigue acompañando hasta nuestros días.

Es decir, a partir de determinada edad, independientemente de cualquier otra característica, las personas pasan de PRODUCIR, a CONSUMIR y, automáticamente se suman a un colectivo homogéneo que se caracteriza por estar enfermo, ser pobre y poco eficiente. Esta es la definición de VEJEZ.

Años dorados:

En esta época entran en juego las empresas dedicadas a los seguros de vida y retiro y logran, gracias a un enorme esfuerzo de marketing, convertir la etapa vital relacionada con la jubilación en “la edad de oro”.

Los mayores se reconcilian con el rol de consumidores y lo viven sin culpa. La jubilación se convierte en una etapa vital distendida y divertida, un jardín de rosas, vamos.

El foco se centra ahora en encontrar un propósito a este consumismo. Los jubilados se convierten en un segmento de mercado atractivo a los que se les pueden vender cosas…

Las empresas comienzan a dirigir sus esfuerzos comerciales hacia personas de más de 65 años saludables que tienen necesidad de HACER algo y están dispuesto a pagar por ello. La diversión se vuelve una parte imprescindible en la tercera edad.

Estamos frente al nacimiento de la Silver Economy.

Vemos una cierta evolución en la narrativa de la vejez, pasando de ver a las personas mayores como enfermas o con falta de vitalidad, poco productivas, a incluirlas en una burbuja de felicidad y diversión.

Independientemente del signo, tanto negativo, como positivo, queda claro que, llegada cierta edad, tienes que apartarte del mundo y asumir un rol pasivo.

Pero, sinceramente, ¿cuál es el rol de las personas mayores? ¿De verdad creemos que tienen que estar al margen de la sociedad dedicándose solo a “pasárselo bien” mientras su salud se lo permita? ¿Es que no tienen nada que aportar? ¿nada que PRODUCIR? ¿por qué nos empeñamos en apartarlos, en excluirlos, incluso físicamente de nuestras vidas?

La nueva narrativa tiene que darle un rol activo, productivo, positivo y de aportación de valor a los mayores porque tienen mucho para dar, y no solo para tomar.

Artículo basado en la lectura de:

“The longevity economy” – Joseph F.Coughlin – Public Affairs

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